miércoles, 13 de mayo de 2015

Francisco de Goya



Francisco de Goya

 nació en el año 1746, en Fuendetodos, localidad de la provincia española de Zaragoza, hijo de un dorador de origen vasco, José, y de una labriega hidalga llamada Gracia Lucientes. Avecinada la familia en la capital zaragozana, entró el joven Francisco a aprender el oficio de pintor en el taller del rutinario José Luzán, donde estuvo cuatro años copiando estampas hasta que se decidió a establecerse por su cuenta y, según escribió más tarde él mismo, "pintar de mi invención".

A medida que fueron transcurriendo los años de su longeva vida, este "pintar de mi invención" se hizo más verdadero y más acentuado, pues sin desatender los bien remunerados encargos que le permitieron una existencia desahogada, Goya dibujó e hizo imprimir series de imágenes insólitas y caprichosas, cuyo sentido último, a menudo ambiguo, corresponde a una fantasía personalísima y a un compromiso ideológico, afín a los principios de la Ilustración, que fueron motores de una incansable sátira de las costumbres de su tiempo.

Pero todavía antes de su viaje a Italia en 1771 su arte es balbuciente y tan poco académico que no obtiene ningún respaldo ni éxito alguno; incluso fracasó estrepitosamente en los dos concursos convocados por la Academia de San Fernando en 1763 y 1769. Las composiciones de sus pinturas se inspiraban, a través de los grabados que tenía a su alcance, en viejos maestros como Vouet, Maratta o Correggio, pero a su vuelta de Roma, escala obligada para el aprendizaje de todo artista, sufrirá una interesantísima evolución ya presente en el fresco del Pilar de Zaragoza titulado La gloria del nombre de Dios.
Todavía en esta primera etapa, Goya se ocupa más de las francachelas nocturnas en las tascas madrileñas y de las majas resabidas y descaradas que de cuidar de su reputación profesional y apenas pinta algunos encargos que le vienen de sus amigos los Bayeu, tres hermanos pintores, Ramón, Manuel y Francisco, este último su inseparable compañero y protector, doce años mayor que él. También hermana de éstos era Josefa, con la que contrajo matrimonio en Madrid en junio de 1773, año decisivo en la vida del pintor porque en él se inaugura un nuevo período de mayor solidez y originalidad.
Por esas mismas fechas pinta el primer autorretrato que le conocemos, y no faltan historiadores del arte que supongan que lo realizó con ocasión de sus bodas. En él aparece como lo que siempre fue: un hombre tozudo, desafiante y sensual. El cuidadoso peinado de las largas guedejas negras indica coquetería; la frente despejada, su clara inteligencia; sus ojos oscuros y profundos, una determinación y una valentía inauditas; los labios gordezuelos, una afición sin hipocresía por los placeres voluptuosos; y todo ello enmarcado en un rostro redondo, grande, de abultada nariz y visible papada.






autoretrato



Cartonista de la Fábrica de Tapices

Poco tiempo después, algo más enseriado con su trabajo, asiduo de la tertulia de los neoclásicos presidida por Leandro Fernández de Moratín y en la que concurrían los más grandes y afrancesados ingenios de su generación, obtuvo el encargo de diseñar cartones para la Real Fábrica de Tapices de Madrid, género donde pudo desenvolverse con relativa libertad, hasta el punto de que las 63 composiciones de este tipo realizadas entre 1775 y 1792 constituyen lo más sugestivo de su producción de aquellos años. Tal vez el primero que llevó a cabo sea el conocido como Merienda a orillas del Manzanares, con un tema original y popular que anuncia una serie de cuadros vivos, graciosos y realistas: La riña en la Venta Nueva, El columpio, El quitasol y, sobre todo, allá por 1786 o 1787, El albañil herido.

Este último, de formato muy estrecho y alto, condición impuesta por razones decorativas, representa a dos albañiles que trasladan a un compañero lastimado, probablemente tras la caída de un andamio. El asunto coincide con una reivindicación del trabajador manual, a la sazón peor vistos casi que los mendigos por parte de los pensadores ilustrados. Contra este prejuicio se había manifestado en 1774 el conde de Romanones, afirmando que "es necesario borrar de los oficios todo deshonor, sólo la holgazanería debe contraer vileza". Asimismo, un edicto de 1784 exige daños y perjuicios al maestro de obras en caso de accidente, establece normas para la prudente elevación de andamios, amenaza con cárcel y fuertes multas en caso de negligencia de los responsables y señala ayudas económicas a los damnificados y a sus familias. Goya coopera, pues, con su pintura, en esta política de fomento y dignificación del trabajo, alineándose con el sentir más progresista de su época.

Pintor de la corte

Al año siguiente solicita sin éxito el puesto de primer pintor de cámara, cargo que finalmente es concedido a un artista diez años mayor que él, Mariano Salvador Maella. En 1780, cuando Josefa concibe un nuevo hijo de Goya, Francisco de Paula Antonio Benito, ingresa en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando con el cuadro Cristo en la cruz, que en la actualidad guarda el Museo del Prado de Madrid, y conoce al mayor valedor de la España ilustrada de entonces, Gaspar Melchor de Jovellanos, con quien lo unirá una estrecha amistad hasta la muerte de este último en 1811. El 2 de diciembre de 1784 nace el único de sus hijos que sobrevivirá, Francisco Javier, y el 18 de marzo del año siguiente es nombrado subdirector de Pintura de la Academia de San Fernando. Por fin, el 25 de junio de 1786, Goya y Ramón Bayeu obtienen el título de pintores del rey con un interesante sueldo de 15.000 reales al mes.


Origen y evolución de las ideas políticas de Goya

Su evolución ideológica personal, tal y como nos la muestra Roberto Alcalá, refleja la evolución de muchos de los ilustrados españoles. Durante la segunda mitad del siglo XVIII Goya se identificaría con el reformismo borbónico, evolucionando en torno al cambio de siglo hacia posiciones liberales. Afrontará en silencio, quizá con grandes dudas, el giro violento de la revolución francesa. En cualquier caso, durante esta época, Goya se nos revela tomando partido claramente por la Luz de la Ilustración frente a las Tinieblas del Antiguo Régimen, y asumiendo todas las contradicciones de los ilustrados españoles de su época.

La invasión napoleónica le arrojará, como a tantos compatriotas, a un abismo de amargura y descreimiento en las posiciones políticas que había defendido. Ese cambio tardará en hacerse evidente en Goya, comprometido en silencio contra la camarilla reaccionaria de Fernando VII.

Hacia el final de su vida terminará refugiándose en buena medida en una religiosidad intimista, manifiesta, por ejemplo, en el fantástico San Pedro en oración que nuestro pintor ejecutó hacia 1920. La profundidad de su sentimiento cristiano no afectará, sin embargo, a su firme posición liberal en materia de costumbres y vida social, mantenida en los mismos umbrales de su muerte, y demostrada en los magníficos dibujos de su última época. Algunos autores han llevado más lejos de lo prudente la interpretación pro-ilustrada y pro-liberal de Goya, hasta dibujar una retrato del pintor que le asimila a un panfletista gráfico, revolucionario y despiadadamente anticlerical.

Quizá en muchas ocasiones, su despiadada crítica social sea, simplemente, el resultado de una mirada irónica que se centra sobre todo en las contradicciones que la realidad le ofrece, que puede ser interpretada tanto en clave de descreimiento como producto de su búsqueda de autenticidad.

Period artistico
Goya es un artista que no permaneció fiel a un solo estilo, sino que refleja en sus obras diversos estilos pictóricos. En su evolución como artista se muestra como un innovador e investigador, que cultivó todos los géneros y técnicas. Goya comenzó siendo un pintor inmerso en el Barroco decorativo. No obstante, pronto evolucionó hacia un estilo neoclásico, creando un estilo propio y personal. Pero con sus últimas obras penetró en los nuevos conceptos sociales y pictóricos del siglo XIX, a la vez que prefiguró muchos de los avances artísticos del siglo XX. Goya anticipó con su arte las pautas del arte contemporáneo, mereciendo la calificación del crítico André Malraux de “Goya es el padre del arte moderno”.

Formación y primeras obras (1763-1781). Su formación barroca en Zaragoza bajo las enseñanzas de Francisco Bayeu y un período en Roma, marcaron las pautas de esta primera etapa. Goya comenzó trabajando en un estilo cercano al Barroco tardío, con un cromatismo de tonos ocres y tostados, recurriendo a un concepto de color suelto y desecho, y una pincelada rápida y de toques abocetados. En 1774, Goya se trasladó a Madrid, a la corte, donde pintó unos cartones para la Real Fábrica de Tapices, destinados a decorar los palacios reales. En estos cartones, cuyas muestras más notables son El quitasol (1777) y La gallina ciega, Goya plasma su estilo que deriva del Barroco tardío, con colores suaves y armonizados, con elegancia, gracia y delicadeza. En los cartones plasma situaciones cotidianas, de ocio, de la vida de la nobleza madrileña, con una visión idílica, dulce y festiva. Eran obras de temática cotidiana, aristocrática, en las que alternó sabiamente una gama cromática viva para darle mayor animación a las escenas, introduciendo claridad en el paisaje.

-Etapa de madurez (1781-1814). Ante su notable progresión artística, Goya comenzó a trabajar como retratista para la Corte. En este momento su pintura comenzará a evolucionar hacia planteamientos neoclásicos. Los retratos que realizó Goya de los miembros de la familia real son fieles a la realidad psicológica de los personajes representados, reproduciendo detalles y hechos objetivos. Retrata a los monarcas y sus familiares con una absoluta crudeza y en ocasiones desde la crítica: es decir, los miembros de la Corte de Carlos IV aparecen retratados vulgarizados y casi decadentes, como espejo de la ruina moral y política que vivía España a finales del s. XVIII. Mientras que Velázquez siempre trató a sus retratados con gran dignidad, Goya ridiculizaba la ineptitud de los miembros de la familia. Así se plasma en La familia de Carlos IV de 1800. La familia real aparece en traje de corte, con lujosos vestidos ceremoniosos. Las figuras se disponen alineadas, como en un friso, en una composición clasicista ante una pared que cierra el fondo, evitando una perspectiva profunda. La luz crea el espacio, resaltando los personajes principales y dejando en penumbra algunas áreas del cuadro. En esa oscuridad está el propio pintor ante el lienzo, en un recurso que recuerda a Las meninas de Velázquez, pintor al que Goya admiraba. En cuanto a la técnica, Goya trabaja sobre todo con luz y el color; sus pinceladas resaltan las texturas y transparencias de los materiales, y destacan los brillos. Coetáneamente realizó el Retrato de Godoy, en el que el Secretario de Estado de Carlos IV aparece representado en una pose licenciosa elocuente de su carácter y el retrato de la Condesa de Chinchón, donde se aprecia la tierna debilidad psicológica de la retratada.

Unas obras claves en su producción de esta época fueron La maja desnuda y La maja vestida ambas de 1803. Obras de tema retratístico conforman un conjunto de dos cuadros de iguales dimensiones que muestran a la misma mujer en idéntica postura. La mujer está tendida sobre un lecho cubierto de cojines con los brazos cubiertos detrás de la cabeza y mira directamente al espectador. La maja vestida ya constituye una provocación erótica, pues su atuendo traslúcido de seda finísima, lejos de esconderla, realza su figura. Probablemente, La maja vestida sirvió para ocultar su equivalente sin ropa, ya que éste provocó un gran escándalo y supuso que Goya compareciese ante la Inquisición, pues la Iglesia española prohibía la representación del cuerpo humano desnudo. La representación del desnudo fue uno de los temas recurrentes del Renacimiento y el Barroco (Tiziano, Velázquez…) pero siempre en un contexto mitológico, como era el caso de numerosas Venus, diosa del amor. En cambio, la inmediatez de la maja de Goya es casi directa, pues el pintor omitió cualquier alusión mitológica. La modelo, plenamente consciente de sus encantos, se presta a las miradas y al mismo tiempo, parece observar el efecto que causa. Durante mucho tiempo se creyó que la modelo de los cuadros fue Cayetana de Alba, pero probablemente Goya pintó a una maja madrileña, que quizá pudo ser Pepa Tudo, la querida de Godoy. Es posible que Godoy, el hombre más poderoso del país, se atreviese a encargar un cuadro de estas características y a colgarlo en su palacio para deleite de unos pocos invitados. Como quiera que sea, la obra de Goya es una afirmación de la sensualidad del cuerpo humano que no recurre a pretextos mitológicos o históricos, que pretende ofrecer y exhibir la belleza del cuerpo en un mundo cotidiano.

En 1799, Goya publicó una serie de ochenta grabados denominados Caprichos, con una imagen acompañada de unas palabras que explican su contenido recurriendo a la ironía. Los Caprichos eran comentarios sociales en forma de grabados, con un tono crítico hacia los vicios, los errores, las supersticiones, extravagancias y locuras de la sociedad de finales del s. XVIII. En los Caprichos Goya recurre a crear unos fuertes contrastes entre el blanco y el negro, entre la luz y la oscuridad. Uno de sus Caprichos más conocidos es El sueño de la razón produce monstruos.

Goya fue testigo de los horrores de la invasión napoleónica. Desde 1808 comenzó a trabajar en una serie de grabados en aguafuerte denominados Los desastres de la guerra. Se trata de imágenes de la guerra, sobre las matanzas civiles, mutilaciones y saqueos, que representan toda la crudeza de los conflictos bélicos. Están realizados con fondos nocturnos y desde un punto de vista bajo. En estas estampas contrasta la iluminación blanca con distintas intensidades de negro, lo que aumenta el dramatismo de la escena.

La gallina ciega-Goya


Obra pictórica titulada "La gallina ciega" pintada por Francisco de Goya entre 1788-1789, perteneciente a su etapa en la corte de Carlos III de cierta tendencia rococó. Goya realizó el cartón para tapices de la Gallina ciega, basándose en el boceto que había sido presentado a Carlos III. Las escenas debían servir como modelo para los tapices destinados al dormitorio de las infantas en el Palacio de El Pardo, pero el encargo se paralizó por el fallecimiento del monarca. Goya describe la escena como figuras jugando al cucharón, pero ha pasado a la historia con el título de la Gallina ciega. Lo más significativo de la estampa es la perfección con la que han sido captados el movimiento y el ritmo de las figuras, algunas en unos preciosos escorzos.
La condesa de Chinchón-Goya



Obra pictórica realizada por Francisco de Goya en 1800, titulada "Retrato de la Condesa de Chinchón". El retrato de la Condesa de Chinchón es posiblemente el más bello y delicado de los pintados por Goya. Quizá venga motivado por el conocimiento de la modelo desde que era pequeña ya que María Teresa de Borbón y Vallábriga era la hija menor del infante don Luis, el primer mecenas del maestro. Goya sentía gran aprecio y cariño por la joven, casada por intereses varios con Manuel Godoy, el poderoso valido de Carlos IV. La Condesa tiene 21 años, después de tres años de matrimonio, y se presenta embarazada de su primera hija, la infanta Carlota. Está sentada en un sillón de época y lleva una corona de espigas en la cabeza - símbolo de su preñez - y un anillo camafeo en el que se intuye el busto de su marido. La luz ilumina plenamente la delicada figura, resbalando sobre el traje de tonos claros, creando un especial efecto atmosférico que recuerda a las últimas obras de Velázquez. A su alrededor no hay elementos que aludan a la estancia, reforzándose la idea de soledad que expresa el bello rostro de la joven. Y es que Goya concentra toda su atención en el carácter tímido y ausente de María Teresa, animando al espectador a admirarla de la misma manera que hacía él mismo.

La familia de Carlos IV-Goya




Obra pictórica de tema retratístico titulado "La familia de Carlos IV", realizado por Francisco de Goya, en 1800. La Familia de Carlos IV supone la culminación de todos los retratos pintados por Goya en esta época. Gracias a las cartas de la reina María Luisa de Parma a Godoy conocemos paso a paso la concepción del cuadro.

Los fusilamientos del tres de mayo-Goya





Obra pictórica de temática histórica titulada "Los fusilamientos del 3 de mayo" realizada por Francisco de Goya en 1814. Ya en 1814, después de la expulsión de los franceses que habían invadido España, Goya realiza estos dos cuadros, el 2 de mayo y el 3 de mayo en Madrid, para los que pidió una cantidad de dinero a la Regencia. Goya en esa época era sospechoso de afrancesado, y se inicia en él un sentimiento de ser perseguido o amenazado por el retornado Fernando VII. Aparte de la viva impresión que le había causado la guerra, que le impulsó a realizar sus famosos Desastres, estos dos cuadros le permiten en cierta manera afirmar su adhesión al pueblo español, más allá de sus compromisos intelectuales que le aproximaban a la cultura y la política de la Ilustración.

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